Hablamos con… Mireia Portero

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Nos complace presentar esta entrevista a Mireia Portero, recientemente galardonada con el Premio a la Mejor Docente de España 2025 en la categoría de Educación No Formal, un reconocimiento otorgado entre más de 1.500 candidaturas y que nace de la propuesta de su propio alumnado en idDOCENTE. Este premio pone en valor el impacto de su labor como formadora y el acompañamiento que realiza en el desarrollo profesional docente.

Mireia es Diplomada en Educación Primaria y Educación Física, cuenta con un Máster en Liderazgo y Dirección de Centros Educativos y actualmente ejerce como Jefa de Estudios en el colegio Santa Teresa de Jesús de Terrassa (Barcelona). Especializada en metodologías activas y nuevas tecnologías, ha dedicado su trayectoria a acompañar a docentes y centros en procesos de innovación educativa.

En esta entrevista, comparte su experiencia, su mirada pedagógica y algunas claves para comprender el presente y el futuro del desarrollo profesional docente.

¿Cómo viviste el momento de ser reconocida como Mejor Docente de España en Educación No Formal y qué impacto tiene este premio en tu ámbito personal y profesional?

Fue uno de esos momentos que cuesta explicar con palabras. Recuerdo una sensación muy profunda de sorpresa, de incredulidad incluso. Cuando trabajas en educación, no piensas en premios ni en reconocimientos; estás centrada en el día a día, en tu alumnado, en las formaciones, en preparar, en acompañar, en resolver lo que va surgiendo. Por eso, cuando algo así sucede, te descoloca de la mejor manera posible. Hay un instante muy concreto que tengo grabado: cuando escuché mi nombre. Fue una sensación extraña y muy bonita a la vez, como si por un momento el tiempo se hubiese detenido. Una mezcla de emoción, ilusión y vértigo difícil de describir. De repente pasan muchas cosas por tu cabeza: el esfuerzo, el camino recorrido, las personas que te han acompañado, las dudas, los aprendizajes… Todo concentrado en unos segundos. Más allá del reconocimiento personal, lo viví como una forma de dar visibilidad a una manera de entender la educación muy ligada a la pasión, a la innovación y al acompañamiento real a las personas. A nivel profesional, nunca lo he sentido como un punto de llegada, sino más bien como un impulso y, en cierto modo, como una responsabilidad mayor. Te recuerda que lo que haces tiene impacto, que hay gente que valora y confía en tu trabajo, y eso te anima a seguir aprendiendo, investigando y compartiendo con más compromiso todavía. En lo personal, fue también un momento muy especial para parar, mirar atrás y tomar conciencia del camino, de todo lo vivido y de todo lo que la educación me ha regalado.

¿Cómo describirías tu forma de acompañar al profesorado en su desarrollo profesional?

Para mí, acompañar al profesorado nunca ha sido simplemente “dar formación”. No lo vivo como un espacio donde alguien explica herramientas o metodologías y los demás toman nota. Siempre he entendido la formación como un proceso mucho más humano, mucho más conectado con la realidad de cada docente. Trabajo habitualmente en entornos muy distintos (desde la formación online en idDOCENTE hasta talleres, ponencias o charlas presenciales) y eso te da una perspectiva muy amplia. Te das cuenta de que no existen dos docentes iguales. Cada profesor llega con su contexto, sus inquietudes, sus dudas, sus inseguridades, sus fortalezas… y todo eso forma parte del proceso. No se puede separar la parte técnica de la parte emocional, porque enseñar es profundamente personal. Intento que mis formaciones sean espacios de confianza y de calma. Lugares donde el docente no sienta que tiene que “estar a la altura” o que debe aplicar todo de forma inmediata y perfecta. Me gusta escuchar mucho, generar diálogo, conocer la realidad que hay detrás de cada aula. No parto de la idea de enseñar una manera correcta de hacer las cosas, sino de ayudar a que cada docente encuentre su propia forma de integrar lo que aprende, respetando su estilo, su ritmo y su identidad profesional. Acompañar, en el fondo, es eso: caminar al lado. Validar lo que ya se hace bien, inspirar nuevas miradas, proponer caminos posibles, pero también respetar tiempos y procesos. Y algo que para mí es esencial: transmitir que la innovación, la tecnología o las nuevas metodologías no deberían vivirse como una presión o una moda, sino como oportunidades para disfrutar más del acto de enseñar y aprender. Porque cuando un docente se siente seguro, comprendido y acompañado, es cuando realmente se permite experimentar, crecer y transformar su práctica.

¿De qué manera puede la formación continua transformar la práctica en el aula?

La formación continua puede transformar el aula de una manera mucho más profunda de lo que a veces imaginamos, pero no porque nos dé fórmulas mágicas ni soluciones rápidas. Desde mi experiencia como docente, como jefa de estudios y como formadora, he podido ver que su impacto va mucho más allá de aprender herramientas o metodologías nuevas. Su verdadero valor está en que nos obliga (en el mejor sentido de la palabra) a parar, a revisar lo que hacemos y a ampliar la mirada. Cuando un docente se forma, no solo incorpora recursos; muchas veces empieza a cuestionarse dinámicas que tenía muy interiorizadas, replantea su manera de diseñar experiencias de aprendizaje o incluso cambia la forma en que se relaciona con sus alumnos. Y esos cambios, aunque a veces son sutiles y progresivos, acaban teniendo un efecto enorme en lo que ocurre dentro del aula. Además, la educación es un entorno vivo, cambiante, en constante evolución. Las aulas de hoy no se parecen a las de hace diez o veinte años, y probablemente tampoco se parecerán a las de dentro de una década. En ese contexto, la formación continua no es solo una opción o un requisito profesional; es casi una necesidad para mantenerse conectado, para seguir creciendo y, sobre todo, para no perder la curiosidad pedagógica. También lo vivo mucho desde la perspectiva de equipo directivo. Cuando un docente se forma, no solo se beneficia él; se enriquece el claustro, se generan conversaciones pedagógicas, se comparten ideas, se contagian inquietudes. La formación tiene un efecto muy expansivo dentro de los centros educativos. En el fondo, formarse es una forma de cuidarse profesionalmente, de darse permiso para aprender, para dudar, para evolucionar. Y cuando el docente crece, inevitablemente crece también su alumnado, porque la transformación real del aula siempre empieza en la mirada del profesor.

¿Qué te inspira cada día a seguir formando y acompañando a tus alumnos?

Sin duda, los propios alumnos. Su curiosidad, su espontaneidad, su manera de sorprenderte constantemente. En educación no hay dos días iguales, y eso es algo que, lejos de cansarme, me sigue fascinando. Me inspira mucho ver cómo evolucionan, cómo ganan confianza, cómo descubren que son capaces de hacer cosas que al principio creían imposibles. Esos pequeños momentos, una idea que aparece, una pregunta inesperada, una dificultad superada, son los que dan sentido a todo. También me mueve la convicción profunda de que educar va mucho más allá de los contenidos. Tiene que ver con acompañar procesos, con generar experiencias, con ayudar a que cada alumno se conozca mejor y encuentre su lugar. Esa dimensión humana de la educación es una fuente constante de motivación.

¿Qué retos principales percibes actualmente en el profesorado?

Vivimos un momento apasionante, pero también muy exigente. El profesorado se enfrenta a cambios constantes, nuevas metodologías, integración de tecnología, diversidad en el aula, demandas sociales… y todo ello a un ritmo muy acelerado. Uno de los grandes retos es precisamente esa sensación de no llegar a todo, de sentirse a veces desbordado. Junto a ello, hay un reto clave en el plano emocional. Educar hoy implica gestionar mucha complejidad: contextos diversos, incertidumbre, necesidades muy diferentes. Por eso creo que, además de hablar de innovación o competencia digital, es imprescindible hablar del bienestar y del cuidado del docente. Necesitamos espacios donde el profesorado pueda reflexionar, compartir, equivocarse, aprender sin presión. La calidad educativa está profundamente ligada al estado emocional y profesional de quienes están en las aulas.

¿Cómo visibilizar la labor profesional docente en la sociedad?

Creo que uno de los grandes retos de la profesión docente es que, siendo absolutamente esencial, sigue siendo en muchos aspectos invisible. Gran parte de lo que sucede en un aula (las decisiones pedagógicas, el acompañamiento emocional, la atención a la diversidad, la complejidad del día a día) no se ve desde fuera. Y lo que no se ve, muchas veces no se comprende ni se valora en toda su profundidad. Visibilizar la labor docente pasa, en parte, por explicar mejor qué significa educar hoy. La docencia está muy lejos de ser únicamente transmisión de contenidos. Implica diseñar experiencias de aprendizaje, adaptarse constantemente, gestionar dinámicas humanas complejas, innovar, evaluar, orientar, acompañar… Es una profesión intelectualmente y emocionalmente muy exigente, aunque a veces el relato social la simplifique demasiado. También creo que los propios docentes tenemos una responsabilidad importante en este proceso. Abrir espacios de diálogo, compartir prácticas, participar en comunidades profesionales, escribir, comunicar… ayuda enormemente a acercar la realidad educativa a la sociedad. En mi caso, la escritura (en revistas, publicaciones o libros) siempre la he vivido precisamente como una forma de tender puentes, de generar reflexión y de dar visibilidad a lo que ocurre dentro de las aulas. Pero hay algo aún más profundo: como sociedad necesitamos cuidar el relato sobre la educación. La manera en que hablamos de los docentes, cómo se representa su trabajo y cómo se reconoce su impacto influye directamente en su prestigio, en su motivación y en su autoestima profesional. Y eso, inevitablemente, acaba repercutiendo también en la calidad educativa. Porque cuando una profesión se comprende y se valora, se fortalece.

¿Cómo encontrar el equilibrio entre Educación y tecnología?

Para mí, encontrar el equilibrio entre educación y tecnología pasa, en primer lugar, por cambiar la pregunta. El debate no debería centrarse en cuánta tecnología utilizamos, sino en para qué la utilizamos. La tecnología, por sí sola, no transforma nada. Lo que realmente tiene impacto es la intención pedagógica que hay detrás de su uso. Trabajo en un entorno donde la tecnología forma parte del día a día del centro: realidad aumentada, realidad virtual, robótica, proyectos STEAM, impresión 3D, cortadora láser, inteligencia artificial… Son herramientas con un potencial enorme, pero precisamente por eso creo que es fundamental abordarlas con criterio pedagógico. No se trata de usar tecnología por novedad o por presión, sino porque aporta un valor real al aprendizaje. El equilibrio aparece cuando la tecnología deja de ser protagonista y pasa a ocupar su lugar natural: el de una herramienta al servicio de la experiencia educativa. Hay situaciones en las que amplía posibilidades de manera extraordinaria (permite crear, simular, explorar, personalizar, conectar) y otras en las que no es necesaria. Y ambas decisiones son igualmente válidas si están bien fundamentadas. Desde mi experiencia como docente y también como formadora en competencia digital docente e inteligencia artificial, veo que el principal riesgo está en los extremos. Ni la tecnología es la solución a todo, ni tiene sentido rechazarla por sistema. La educación necesita reflexión, sentido pedagógico y una mirada crítica, no dependencia tecnológica. Al final, la pregunta que guía cualquier decisión debería ser siempre la misma: ¿esto mejora realmente la experiencia de aprendizaje de mis alumnos? Si la respuesta es sí, la tecnología tiene todo el sentido. Si no, no pasa nada por no incorporarla. Porque la innovación no está en la herramienta, sino en cómo y para qué la utilizamos.

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¿Qué competencias serán imprescindibles para el profesorado del futuro?

Más allá de competencias técnicas o instrumentales, creo que el profesorado del futuro necesitará, sobre todo, una gran capacidad de adaptación. La educación cambia, la sociedad cambia, los alumnos cambian, y el docente debe convivir con esa transformación constante. Serán esenciales competencias como la mirada crítica, la capacidad de aprender de forma continua, la flexibilidad, la creatividad y, muy especialmente, las competencias emocionales y comunicativas. Enseñar es trabajar con personas, y eso exige sensibilidad, empatía y habilidades relacionales. Por supuesto, la competencia digital seguirá siendo importante, pero integrada dentro de una visión pedagógica. No se trata de dominar herramientas, sino de comprender cómo utilizarlas con sentido educativo. En el fondo, más que perfiles hipertecnológicos, necesitaremos docentes con una mentalidad abierta, reflexiva y profundamente humana.

¿Cómo imaginas el futuro de la educación en los próximos diez años?

Imagino una educación en evolución, no en ruptura. Probablemente veremos cambios en metodologías, en los espacios, en las formas de evaluar, en el papel de la tecnología… pero creo que lo verdaderamente esencial seguirá siendo lo mismo: la relación entre docentes y alumnos. La educación, en su núcleo, sigue siendo un proceso profundamente humano. Me gusta pensar en una educación más flexible, más personalizada y más centrada en el desarrollo integral del estudiante. Una educación donde aprender no sea únicamente adquirir información, sino desarrollar pensamiento crítico, autonomía, creatividad, capacidad de adaptación… y también conciencia social y ética. Este aspecto, que a veces queda en un segundo plano frente a lo tecnológico o lo metodológico, me parece cada vez más relevante. De hecho, es una reflexión muy presente en mi práctica y en los proyectos en los que participo, como la docencia vinculada al compromiso social y ético mediante metodologías activas. Creo que la educación del futuro no solo deberá formar alumnos competentes, sino también personas capaces de comprender su entorno, actuar con responsabilidad y construir una mirada crítica y consciente del mundo. También habrá, sin duda, un reto importante en la búsqueda de equilibrios: entre lo digital y lo presencial, entre la innovación y el sentido pedagógico, entre la velocidad del cambio y los tiempos reales de los centros educativos. No todo cambio es transformación, ni toda novedad implica mejora. En el fondo, el futuro de la educación no dependerá exclusivamente de la tecnología o de las metodologías, sino de cómo acompañemos a las personas dentro de ese proceso de cambio. Porque las herramientas evolucionan, pero la esencia educativa sigue estando en las relaciones, en las experiencias y en la mirada pedagógica.

¿Cómo te gustaría ser recordada por tus alumnos y por el profesorado al que acompañas?

Más que por algo concreto que haya explicado o enseñado, me gustaría ser recordada por cómo hice sentir a las personas con las que he trabajado. En educación, el impacto más profundo rara vez está en un contenido, sino en la experiencia. Si mis alumnos me recuerdan como una docente que les transmitió confianza, que les ayudó a creer en sus posibilidades o que despertó su curiosidad, ya sería un privilegio. Y lo mismo con el profesorado: si en algún momento sintieron que mis formaciones o acompañamientos les aportaron claridad, seguridad o inspiración, me daría por satisfecha. Al final, educar y formar tiene mucho que ver con dejar huellas invisibles, pequeñas pero significativas.

¿Qué mensaje te gustaría compartir con quienes forman parte de la educación hoy?

Que no olvidemos nunca la dimensión humana de nuestra profesión. Más allá de normativas, metodologías, tecnología o cambios constantes, trabajamos con personas y para personas. Y eso es algo extraordinario, pero también exige mucha conciencia y sensibilidad. También que nos demos permiso para aprender, para dudar, para no tener todas las respuestas. La educación no es un terreno de certezas absolutas, sino de búsqueda constante. Formarse, reflexionar, compartir con otros docentes… no es una debilidad, sino una fortaleza. Y, sobre todo, que no perdamos la pasión ni la curiosidad. Porque, a pesar de todas las dificultades, educar sigue siendo una de las profesiones con mayor capacidad de impacto, de transformación y de sentido.

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